Duelos desautorizados | Violeta Mendoza Psicóloga
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Duelos desautorizados

Duelos desautorizados

Una mañana de domingo, concretamente el 14 de junio de 2009, cayó en mis manos un artículo que remitía a un estudio realizado por la Fundació Congrés Catalá del Salut Mental: “Trauma Psíquico y Transmisión Intergeneracional”.

Anna Miñarro y Teresa Morandi, directoras del proyecto, analizaban las situaciones traumáticas y sus efectos psíquicos. Se referían a los vencidos en el curso de la Guerra Civil, a gentes que habían padecido una doble pérdida: la de la derrota y la de sus seres queridos. Esas personas, por sus circunstancias, no habían podido manifestar abiertamente su sufrimiento y su dolor, pues de haberlo hecho se arriesgaban a ser reprimidos, represaliados,  incluso a ver peligrar su vida. Estar en el bando de los sometidos no les dejaba otra opción que vivir su duelo en silencio; un comportamiento que, como señalan las autoras, no solo tuvo efectos perniciosos para su salud, sino que también provocó secuelas psicológicas en sus descendientes. Se trata de un fenómeno que ciertamente se constata muy a menudo en la práctica de la clínica psicológica.

Toda pérdida afectiva es dolorosa y difícil de traspasar, más aún si se trata  de nuestros seres queridos. Por esa razón, si ha de hacerse desde el silencio, ocultando el dolor que causa, todavía lo es más.

A diario, hay personas que tratan de salir adelante y hacer duelos que también les están “prohibidos”. A estos casos me referiré en las líneas siguientes.

Me refiero a personas cuyas relaciones nuestra sociedad suele calificar de “ilícitas”, amantes de otras personas ya comprometidas. Olvidamos en ocasiones que, como consecuencia de esos afectos, estas gentes también sufren separaciones, abandonos y muertes, aunque los vínculos informales que mantienen estén en la penumbra, ocultos a los ojos de los demás. Cuando se produce, ellos y ellas también deben resolver sus duelos desde el silencio, pero al dolor per se que les supone se añade algo más: la culpa y la vergüenza por la naturaleza de la relación que mantienen. Estas gentes han de seguir como si nada hubiera ocurrido,  la mayoría de las ocasiones sin expresarlo verbalmente, pues son pocas las que cuentan con alguien que les puede sostener y escuchar sin enjuiciarlas. Vivir un duelo en estas condiciones siempre tiene efectos nefastos para la salud.

Tampoco se trata de exculpar a nadie, pues cada uno y cada una somos responsables de cómo nos vinculamos y con quién; por tanto, hemos de asumir las consecuencias que de estos vínculos –no legítimos- se derivan. Aún así, y antes de seguir con el proceso del duelo desautorizado, me gustaría mencionar otro aspecto. Tras el estudio de la historia transgeneracional de las personas que se encuentran en esta situación, se constata que en la gran mayoría de los casos existen hechos previos muy significativos, vivencias que impulsan a elegir ese tipo de relaciones y no otras. No obstante, este es un tema para otra ocasión, pues merecería otro texto.

Relataré de inmediato tres casos que he conocido y acompañado, ejemplos que me ayudarán a explicar mejor este proceso. Y aunque estoy autorizada por estas tres personas para hablar de sus casos aquí, ni los nombres ni el género corresponden a la realidad, solo los hechos en sí.

El caso de Rosa

Rosa es una mujer de 54 años con un único hijo, fruto de un primer matrimonio.  Tras la ruptura de su primera relación, seguida de un largo periodo sin pareja, se vinculó de nuevo con su segundo marido. Todos los indicadores hacían pensar que Rosa era feliz en esa nueva relación, la cual aguantó los embates de aquellas situaciones conflictivas por las que, inevitablemente, pasan todas las parejas. Aparentemente, su relación se consolidaba.

Aun así, Rosa acudió a la terapia preocupada por unas fantasías que acudían a su mente de forma impulsiva, fantasías que le hacían sentir culpable ante su pareja. La situación era tal que incluso llegaba a cuestionarse si realmente estaba tan enamorada como ella creía, pues esas imaginaciones tenían que ver con una relación que mantuvo durante su juventud. Se trataba de una relación con un hombre casado, algo mayor que ella, un vínculo del que nunca pudo hablar, ante el que no tuvo oportunidad de despedirse, ni logró expresar el dolor que sintió por su pérdida llegado el momento, cuando esa relación se terminó. Porque aquella ruptura no había sido una decisión suya, eventualidad que le habría ayudado a elaborar el duelo sin que hubieran quedado residuos, o al menos no de esa manera. Sus fantasías eran reincidentes, trataban una y otra vez del reencuentro con aquella persona de la estuvo enamorada, de cómo él volvía a “explicarle” los motivos, de cómo ella podía por fin hablar de cómo le dolió. Es decir, era como si finalmente y en su imaginación llegara la “reparación” que necesitaba para poder concluir su duelo, ese que en la realidad no había consumado.

El caso de Andrés

Cuando llega a la consulta, Andrés es un soltero de 42 años, un abogado de gran éxito profesional, que acude porque ha empezado a desarrollar una sintomatología ansiosa y depresiva: le es muy difícil mantener una relación estable y satisfactoria con ninguna mujer, siempre hay un impedimento. Rastreando en su historial de vínculos emerge una relación que había mantenido con una compañera de trabajo, Aurora, que a su vez estaba comprometida, casada con otro hombre. Aurora tuvo la desgracia de enfermar de cáncer y, tras un largo periodo de lucha, finalmente murió.

Andrés no pudo acompañar a Aurora en ningún momento de su enfermedad, excepto de manera furtiva, oculta, desde el silencio. Por tanto, le fue imposible expresar su angustia, ni compartirla con nadie; es más, sentía en lo más profundo de su ser que no tenía ese derecho, que no le estaba permitido quejarse, dolerse profundamente por la pérdida de la persona que tan importante había sido para él. Como consecuencia, bloqueó sus emociones, lo cual originó a su vez el desarrollo de aquella sintomatología, la que presentaba cuando acudió a la consulta en busca de ayuda. Es decir, si no se resuelve el duelo por una pareja (sea cual sea la legitimidad de esta), ninguna que venga a sustituirla parece satisfacernos. De ahí, en parte, los problemas que Andrés estaba teniendo para establecer nuevas relaciones.

El caso de Marta

Marta es uno de los casos en los que, desde el principio, se puede ver la correlación entre experiencia vivida e historia transgeneracional. En su familia, ya desde sus abuelos, habían existido relaciones triangulares: de hecho, ella misma había pasado en más de una ocasión por esa misma vivencia, situándose cada vez en un lado diferente del triángulo.

Contaba con 45 años cuando acudió a la consulta en busca de ayuda. Su solicitud era poder recuperar la fuerza y las ganas de vivir. Desde hacía dos años no podía desprenderse de cierta sensación de tristeza, por más que se esforzara en animarse.

En estas ocasiones, siempre es necesario indagar, saber si ocurrió algo en la vida de una persona justamente cuando comienzan los síntomas. En el caso de Marta, había coincidido con el final de la relación que mantenía con una persona casada; en este caso, se trataba de otra mujer, Juana. Solo menciono el dato para que quede constancia de que no importa si la relación es homosexual o heterosexual, pues el sufrimiento y los procesos son los mismos.

Esta relación se mantuvo durante casi 11 años, siempre en secreto. Finalmente, Juana puso fin a su matrimonio para iniciar una nueva relación, con otra persona distinta. El hecho de que Marta no fuera la pareja oficial de Juana no la libró de padecer los mismos sentimientos de abandono, traición, rabia y dolor que todos los seres humanos experimentamos cuando somos abandonados por algún ser querido, a cualquier edad o en cualquier circunstancia de vida. Ella los ocultó para seguir adelante, porque tampoco pudo compartir su dolor, porque no tuvo a nadie que la acompañara en su duelo. Así, como ocurre siempre que los duelos no se elaboran, su modo de expresarlo fueron esos sentimientos de tristeza y vulnerabilidad.

Estas tres personas fueron mejorando durante su tratamiento, quizás no por haber acudido a una consulta psicológica, sino por el hecho de poder hablar finalmente de su dolor, de desprenderse de su culpa. Dicho de otro modo:  a pesar de reconocer que sus acciones también pudieron causar sufrimiento a otras personas, fueron capaces de sentir que no por ello dejaban de ser merecedoras de ser escuchadas, de ser ayudadas a asumir las responsabilidades de su vida y de sus decisiones, dignificando su dolor para así poder atravesarlo, superarlo.

Otros ejemplos

Solo me he centrado en pérdidas referidas a un vínculo afectivo o de pareja. Pero también las hay de otro tipo, que podríamos calificar de “innombrables” y que muchas personas atraviesan solas y en silencio. Los abortos serían un ejemplo, tanto si son voluntarios como si no lo son. Cuando una mujer o una pareja toman una opción como esa, la gran mayoría de las veces arrastra consecuencias. Por lo común, esa decisión se racionaliza, para seguir adelante y “zafarse” así del juicio propio y ajeno que conlleva. Además, se hace de tal manera que los sentimientos (culpa, rabia, dolor, frustración…) quedan apartados en el fondo, con lo que en algún momento puede que reclamen ser atendidos, manifestándose en forma de algún síntoma. En estos casos, la racionalización interrumpe el duelo.

La interrupción del duelo puede darse también, por ejemplo, frente a la pérdida de una madre, un padre u otro ser querido si en ese preciso momento la persona está absorta por algún tipo de experiencia intensa o vital: un embarazo, la crianza de un hijo ya nacido, el cuidado de otra persona que sufra enfermedad y necesite atención o la enfermedad propia.

Una vez transcurre ese periodo y concluye la interrupción asociada, el duelo se reactiva; es como si nuestro cuerpo y nuestra mente nos recordaran que tenemos una tarea pendiente. Tenemos la opción de acabarla, atendiendo a nuestra necesidad y restaurando el bienestar, o podemos ignorarla.  Si hacemos esto último es muy probable que caigamos en una depresión o, al menos, que una sintomatología depresiva se instale en nuestro ánimo, haciéndonos pensar que esta es la forma natural de vivir o estar. De este modo, el malestar se naturaliza, como si aceptáramos que uno tiene que vivir con un constante dolor de cabeza. En fin, es cierto que hay dolores que van y que vienen, pero podemos aprender a manejarlos, a conocerlos y a vivir mejor, mucho mejor, aunque sea con ellos.

Fotos: Ana Giménez Garrido

4 Comentarios
  • Sus
    Publicado a las 20:39h, 18 febrero Responder

    Esto me hace pensar que no se puede por tanto llevarse el duelo en aislamiento por decision propia ? que se necesita expresar el dolor de forma social?

    • notasdepsicologia
      Publicado a las 21:44h, 18 febrero Responder

      Hola Su!
      Se puede decidir no compartirlo, claro, pero la amalgama de emociones que produce un duelo, sana mejor, e incluso sana totalmente, si la persona comparte y de algún modo canaliza y expresa esas emociones. Las emociones retenidas producen tensión y a veces, más dolor. De manera individual y no compartida se puede encontrar un cauce para la expresión de esas emociones, aunque lo habitual es que en un momento de duelo la persona sienta también desamparo, de ahí la importancia de compartirlo.

  • Raquel
    Publicado a las 12:30h, 29 mayo Responder

    Me he alegrado al encontrar este articulo, estoy pasando por este tipo de duelo, he buscado información o alguien que haya pasado por lo mismo, pero no he encontrado nada , es cierto que al dolor del duelo se le suma la sensación de no tener derecho a sentirlo , en mi caso ha sido una relación virtual pero con mi primer amor , que me localizo a través del famosisimo facebook , no nos hemos visto por vivir lejos pero la relación ha durado un año y medio de una manera muy intensa, murió de un accidente , ha sido un golpe durisimo , y las emociones totalmente desbordadas , afectandoa pasado , presente y futuro
    Es importantisimo poder compartirlo , yo he tenido suerte tengo un gran apoyo pero he encontrado a faltar poder compartirlo o comentarlo con alguien que haya pasado por lo mismo , me plantee ir a un grupo de apoyo, pero solo el pensarlo me resulto ridiculo, que iba a decir yo alli ?? En fin tambien busque en la red a ver si de manera mas anonima encontraba a alguien en mi caso , pero tampoco, pienso que aunque tengo la suerte de tener un circulo que me ha apoyado sin juzgarme , hay emociones que solo puede entender quien ha pasado por lo mismo , y esta situación es muy diferente a quedarse viuda , que es lo que mas se le pareceria.

    • notasdepsicologia
      Publicado a las 21:21h, 29 mayo Responder

      Hola Raquel, gracias por tu comentario y me alegro de verdad que te haya podido ser de utilidad el artículo. Es cierto que a todo el dolor de la pérdida se suma la angustia por sentir no estás en tu derecho. Te deseo que con la ayuda de las personas que te rodean, te quieren y te apoyan puedas sanarte, es muy importante compartirlo y dignificar tu dolor. Un afectuoso saludo.

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