Las nuevas parejas - Violeta Mendoza Burón
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Las nuevas parejas

Las nuevas parejas

Cuando formamos pareja, pasado un tiempo, surgen contrariedades y durante algún periodo dedicamos esfuerzo y energía a reflexionar qué podríamos hacer para que funcione mejor y por ello pasamos temporadas con cierta insatisfacción.  Es el momento de hacer balance y decidir si nos compensa seguir teniendo en cuenta cuáles son los puntos fuertes de nuestra relación.

Hay parejas que superan estos inconvenientes, que entienden que la mejor forma de mantener una buena salud en su relación es cuidarla cada día, por muy tópico y típico que resulte. Y acaban adaptándose a su nueva realidad y el paso del tiempo les ayuda a reestructurarse y acoplarse, salvando cada uno de los ciclos vitales evolutivos de la pareja y de la familia que han creado.

También las hay que se mantienen en ese grado de insatisfacción pero deciden que la pareja equilibra sus vidas y se enfrentan al reto de seguir adelante aunque su relación no sea la mayor fuente de su bienestar.

Sin embargo las hay que deciden no seguir adelante y se disponen a encarar el divorcio y todas las consecuencias que acarreará. Tendencia que va en aumento según estadísticas.

Pero los humanos tendemos a juntarnos porque, sencillamente, se vive mejor juntos que solos, cuando una pareja funciona bien, nuestra salud se beneficia de ello.

Como consecuencia ha aparecido la figura de las llamadas familias reconstituidas (o reconstruidas o ensambladas, no existe una denominación totalmente consensuada)  y digo familias porque en la gran mayoría de los casos, las personas que vuelven a unirse a otra pareja ya tienen hijos de sus anteriores uniones aunque mi intención en este texto es hablar sobre todo, de la pareja, de la nueva pareja que surge como consecuencia de la pérdida de otras y este, ya es un comienzo delicado. No siempre se ha completado un duelo por la pérdida cuando se inicia una nueva unión.

En su mayoría, las personas que van al encuentro de otras lo hacen con el deseo de volver a encontrar pareja, con la idea de volver a enamorarse y vivir un buen vínculo, aunque no es esto lo que en principio declaran. Este es su íntimo deseo pero casi siempre lo disfrazan de un desinterés que pretende dar a entender que no están dispuestas a vincularse de nuevo, que no van a “caer en las redes” de otra relación, que ahora lo que quieren es disfrutar de otro modo, sin ataduras ni compromisos: otro motivo por el que estas relaciones no comienzan bien. Nacen de la falta de valoración mutua de sus propios miembros.

Solo en el caso de personas de menor edad y con ganas de procrear, se da la disposición a cuidar de la nueva relación y considerarla de primer orden e incluso de mayor relevancia.

Cuando los dos miembros de la nueva pareja que se construye ya tienen hijos de su pareja anterior, es decir, han cumplido con el deseo y la necesidad biológica de reproducirse, la importancia y la seriedad del vínculo disminuye, no solo para los protagonistas de la relación sino también para su entorno social y familiar extenso.

Este hecho no está siendo considerado porque, como sociedad queremos creer que aceptamos todos estos cambios en las estructuras familiares, y por tanto, sociales. Esta aceptación existe, pero solo a nivel mental. El sentimiento profundo y genuino que permite situar la nueva relación en un lugar donde sus miembros no se sientan cuestionados, todavía está por reconocerse y por asentarse.

La nueva pareja: el origen ya está en entredicho

Las quejas  más frecuentes que presentan las personas que no están emparejadas pero que desean estarlo son: “es que no hay forma de conocer a nadie” “es que no sé dónde conocer a gente” o “es que de las personas nuevas que conozco, no me gusta nadie”

¿Cómo es posible que habiendo tanta cantidad de personas intentando conocer a otras, que a su vez tienen el mismo deseo, haya tanto desencuentro?

Sorprende la cantidad de ofertas de ocio y actividades para “single” cuyo objetivo principal es reunir a personas, no solo solteras, sino separadas, divorciadas o viudas con el fin de conocerse y emparejarse. Aunque el  grosso de estos colectivos lo forman personas separadas o divorciadas.

No todos los estados civiles gozan del mismo prestigio, los solteros, viudos y viudas mantienen otro “status”, no se les considera responsables de su situación ni cuentan con la desaprobación, el cuestionamiento y la falta de apoyo social e incluso familiar al que tienen que enfrentarse las personas divorciadas. Las solteras, y aunque afortunadamente cada vez en menor medida, también afrontan otro tipo de tratamiento diferente al de los solteros. Seguro que todos conocemos algún ejemplo de este hecho.

Desde esta premisa nadie quiere ser “divorciado/a”, y quienes se animan a participar de estas actividades se encuentran con sus propias contradicciones, e incluso con las contradicciones del  grupo al que se están acercando, es fácil por tanto que se produzca el desencuentro. La separación y el divorcio se vive como algo peyorativo, no solo en el fuero interno de la persona, sino en el contexto social, laboral y familiar. Sin embargo se acercan a estos grupos con el deseo de volver a ser reconocido y valorado por otro, deseo humano y legítimo, y casi siempre ocultado como propio porque se asocia con vulnerabilidad.

Y ahí chocan con su propia contradicción: “quiero estar en estos grupos para conocer a alguien pero no quiero estar porque supone admitir el estado civil indeseable”. Situación paradójica y muy estresante.

La contradicción dentro de grupo se plasma en la valoración que hacen de sí mismos sus propios integrantes. Se llegan a nombrar como grupos de reciclaje de parejas, de parejas de segunda mano y algún que otro calificativo igualmente despectivo. Estas conductas no dejan de ser una postura defensiva, probablemente como salvoconducto por si acaso las cosas no salen bien, quedando así patente que en el fondo no importaba tanto, así parece que un posible y nuevo fracaso duele menos.

Estas mismas incoherencias se observan en otros foros donde el objetivo es, en principio, encontrar pareja. Me refiero a las páginas web y aplicaciones para móviles creadas con este fin. Hace años la gente se conocía en los paseos, en los bailes, en los bares, en los gimnasios… ahora pueden seguir haciéndolo pero la tecnología ofrece, además, otras posibilidades.

Desafortunadamente lo que en principio era una oportunidad más para conocer a alguien y poder ilusionarse con un nuevo comienzo, se ha convertido en demasiados casos en una forma de tener relaciones sexuales rápidas y aisladas, y esta es una poderosa razón por la que  las personas que se deciden a hacer uso y participar de estos nuevos medios de interacción humana, que tienen la valentía de reconocer que desean volver a empezar otra vez, acaben debatiéndose con ellos mismos dándose las mismas razones: “quiero y no quiero estar ahí”.

No se trata de juzgar como mejor o peor el hecho de tener relaciones sexuales rápidas y aisladas -es solo una posibilidad más- pero la experiencia clínica demuestra que hay a quien le interesa algo más serio y duradero y que en muchos casos acceden a esas experiencias con la esperanza de que sea el preámbulo de algo más profundo. Y en esta experiencia no hay distinciones entre hombres y mujeres: tanto ellos como ellas están deseando y necesitando el reconocimiento, la valoración y el afecto del otro.

Con estas variables como punto de partida (calificaciones peyorativas y búsqueda de sexo puntual) no es fácil que las personas se encuentren y se reconozcan, y por tanto que se emparejen cuando este sea su deseo, ya que queda muy poco espacio para el galanteo, la seducción y el enamoramiento.

En apariencia está aceptado y se apoya que se haga uso de páginas web o grupos de actividades para conocerse, se quiere y se desea que todos puedan volver a ser felices, pero a la vez existe un juicio a la persona que desea una nueva relación después de su divorcio, y a los medios a su alcance para llegar a este encuentro, empezando, como decíamos antes, por los propios miembros de los grupos o páginas web.

Cuando el encuentro se produce, cuando dos personas divorciadas se conocen, se enamoran y deciden acompañarse como pareja, van a tener que lidiar con prejuicios, escrúpulos, convencionalismos, tabúes y preocupaciones como consecuencia de su situación -divorciados- y de la forma en que se hayan conocido. El origen de la nueva unión está en entredicho.

Otro factor al que van a tener que enfrentarse, junto con los posibles duelos no resueltos y con la falta de valoración de la relación de los componentes, como apuntábamos en párrafos anteriores.

Cuando el encuentro se produce

Cuando dos personas divorciadas, solteras o viudas, tienen la fortuna de encontrarse, enamorarse e ilusionarse con una nueva oportunidad, es frecuente que no lo tengan todo a su favor, al menos en los comienzos y durante un tiempo, hasta que todo se normalice y sea aceptado. Debemos tener en cuenta que cada integrante de la nueva relación llega a ella con su propia historia personal, relacional y familiar, con sus cargas.

Como consecuencia surgirán situaciones polémicas con las que debemos contar para no personalizar en exceso y poder atravesarlas sin deterioro para la nueva relación. Al inicio, como en toda relación, todo parece fácil. Nos sentimos tan poderosos y capaces, embargados por los nuevos sentimientos de amor, que cualquier contratiempo nos parece poco importante. Nos volvemos más tolerantes, comprensivos y generosos, y ante cualquier desavenencia  creemos que todo irá a mejor y que las cosas cambiaran en breve porque ese es nuestro deseo.

Si mantenemos esta creencia en la brevedad de la resolución de los conflictos que puedan surgir sin pensar que se necesita algo de tiempo para adaptarnos y ayudar a nuestro entorno a adaptarse, corremos el riesgo de que la relación se vea afectada por el incumplimiento, al menos inmediato, de nuestras expectativas. Si consideramos estas situaciones como parte del proceso, conseguiremos evitar que más adelante, cuando la relación se estabilice,  haya que reparar heridas.

En cualquier caso, algunas de las situaciones conflictivas que puedan surgir y a que ahora nombraremos son evitables; otras no.

La cuestión de los hijos

Quizás la única situación que podría ser delicada e inevitable es la relación con los hijos de ambos, si los hubiere. Una persona nueva y desconocida hasta entonces, nueva pareja de su madre o de su padre, va a entrar a formar parte de sus vidas y debemos ser cuidadosos.

Cualquiera que sea la situación que antecede a la nueva unión, va a tener que ser observada, tanto si los hijos son pequeños como si son mayores, tanto si hace mucho tiempo de la ruptura de sus padres o la pérdida de alguno de ellos, como si hace poco tiempo.

Si son pequeños lo normal es que haya pasado poco tiempo desde el divorcio de sus padres o la pérdida de alguno por fallecimiento, por tanto habrá que saber darles el tiempo necesario para aceptar la nueva situación, aunque sin dejar de tener en cuenta que el objetivo final es que la nueva persona tenga cabida en sus vidas, y por tanto, distinguir entre lo que sería un proceso normal o un proceso enquistado con otras connotaciones (por ejemplo, duelos pendientes de algunos de los adultos implicados).

Normalmente, si se hace bien y somos cuidadosos, los niños más pequeños aceptan las situaciones de buena gana. Los prejuicios los tenemos los adultos y no tanto ellos, a los que solemos responsabilizar de nuestras propias limitaciones.

Cuando los  hijos son mayores, lo más habitual es que la separación de sus padres se haya producido tiempo atrás, aunque hay muchas excepciones.  El inconveniente más habitual en este caso es que han pasado mucho tiempo conviviendo solos con su padre y/o con su madre y tienen que aceptar compartir su atención, su afecto y su tiempo con otra persona. Esto requiere algo de paciencia y comprensión.

Cuando los hijos son adolescentes adultos y ha transcurrido cierto tiempo desde la separación o pérdida hay una buena aceptación y muy rápida, porque los hijos, qué duda cabe, quieren ver a su padres y madres felices. Pero muchas veces se trata solo de una pseudoaceptación. Pasado algún tiempo, cuando la pareja es estable, suelen aparecer conflictos con los hijos mayores que reclaman ese tiempo que les falta con sus padres o madres, a solas, “como antes”. Entra en contradicción el deseo de que sus padres sean felices y su -todavía- necesidad de ser atendidos, en exclusiva, por ellos.

Quizás hasta que la situación con los hijos se ordena, la nueva pareja deba vivir en la sombra durante un tiempo. Pero debemos ser lo suficientemente hábiles para mantener un buen equilibrio entre las necesidades de los hijos y no dañar, excluyéndola, a la nueva pareja. Es necesario contemplar que una de las necesidades básicas de una relación es el sentido de pertenencia: si no incluimos a nuestra pareja en nuestra vida haciéndola sentir parte de nuestra familia, por ambos lados, la relación se deteriora. En las parejas que se construyen a partir de otras es especialmente importante.

Miedos heredados

El resto de situaciones que surgen se podrían considerar evitables si contamos con la información necesaria en cuanto a lo que hacer para conseguir un funcionamiento lo más saludable posible. En muchos casos estas situaciones evitables tienen su origen en la inseguridad que nos crea “volver a intentarlo”.

Cuando comenzamos una nueva relación después de una ruptura matrimonial es habitual que ésta cargue con precauciones y miedos heredados y que pague consecuencias del anterior fracaso. Si en nuestra anterior relación fuimos atentos, cuidadosos (o al menos pensamos que lo fuimos), si con frecuencia llamábamos a nuestra pareja para interesarnos, si quizás pensamos que anteponíamos los intereses de la otra persona a los nuestros, y aun así salió mal, es posible que evitemos tener estos comportamientos con nuestra nueva pareja a fin de evitar aquello que, según uno mismo, pudo ser la causa de la ruptura y, sobre todo,  fue la causa de nuestro dolor de entonces.

Por miedo a sufrir de nuevo privamos a nuestra nueva pareja de esas partes atentas, generosas y cuidadoras de nuestra personalidad y nos privamos a nosotros mismos de la posibilidad de ser correspondidos en la misma medida.

Todos hemos oído alguna vez aquello de “no la llames mucho, porque a lo mejor piensa que te tiene atrapado” o “no seas tan complaciente y le digas siempre sí cuando te proponga salir, no vaya a pensar que estás siempre disponible para él”. Hay una gran variedad de ejemplos de esta índole.

Todas estas creencias no son reales. Obviamente, en la justa medida, pero la pareja necesita atención y cuidado. ¿De qué otra forma vamos a hacerle saber a él o a ella que son importantes y que la relación tiene sentido? Ya hay bastante daño anterior como para añadir incertidumbre. Si queremos estar con alguien hay que hacérselo saber, claramente, sin “estrategias” para que su interés aumente.

Y nosotros ¿Qué somos? Cómo nombrarnos

Otro punto delicado es la carencia de un nombre propio, aceptado y sin connotaciones peyorativas,  para nombrar a la nueva relación. Se suelen nombrar como novios o novias, acepción que, cuando se cuenta con cierta edad, adquiere un cierto sentido inapropiado y con la que la mayoría de las personas en esta situación no se sienten del todo cómodas.

Recuerdo el caso de una mujer que decía “cuando oigo a mi hijo nombrar a mi pareja como el novio de mi madre, se me cae el mundo encima, me siento como en una película de risa” Lo habitual es que nos refiramos a ellos o ellas como nuestra “pareja”. Esta definición es la más aceptada. Es también la más abierta. En ella cabe todo tipo de situación: parejas que conviven y las que no lo hacen, parejas heterosexuales y homosexuales. Quienes deciden dar el siguiente paso y casarse de nuevo encuentran en ello la solución: pasan a ser la esposa y el esposo.

Es cierto que a estas alturas no le damos la misma importancia que en otras épocas al hecho de casarse o no, pero también es cierto que en nuestro inconsciente, individual y colectivo, está incorporado que una pareja tienen más relevancia si ha contraído matrimonio que si no lo ha hecho. Al margen, claro está, de la lectura o análisis sociológico y político que se pueda hacer de la institución del matrimonio.

En cualquier caso la pareja debe encontrar la definición con la que los dos miembros se sientan cómodos, sea cual sea y siempre y cuando les ayude a sentirse parte importante del vínculo que están creando o han creado. No es un tema menor la carencia de un nombre propio con el que poder definir lo que tenemos: implica carencia del sentido de pertenencia, básico en cualquier relación de pareja como mencionábamos antes.

El peso del pasado y el mantenimiento de las lealtades

Algunas personas expresan que su nueva pareja, construida a partir de un divorcio y/o de un estado de viudez, no acaba de tener identidad propia y profunda.  Les acompaña el sentimiento de que haga lo que haga no llegará nunca a sentirse igual de importante que la pareja anterior, aunque no dude de los sentimientos de amor: se sienten amados, pero no importantes.

Cuando esto ocurre las lealtades no están con la nueva pareja sino con la anterior, con la que normalmente se han tenido hijos. Se da sobre todo en estados de viudez, pero no es extraño encontrarlo igualmente en divorcios. En estos casos lo habitual es que tenga que ver con los dos miembros de la pareja recién fundada. Cada uno, a su manera, mantiene las lealtades en la pareja anterior.

Conocí el caso de una pareja en la que ella era viuda y él divorciado, se querían mucho y los dos declaraban el deseo de estar juntos e incluso vivir juntos, pero ninguno se sentía lo suficientemente importante para el otro y las continuas disputas, los hacía ser precavidos y no dar el siguiente paso. Al expresar lo que a cada uno le dolía del otro, los dos referían  las constantes alusiones a las parejas anteriores materializadas a través de las palabras y los actos.

Ella se refería a los familiares de su esposo fallecido como sus “suegros y sus cuñados” con lo que no quedaba espacio para su nueva familia política. Y él proponía iniciar la convivencia pero en la misma casa donde había vivido con su ex mujer, donde todavía permanecían las fotos de aquella, su nombre en el buzón y en la puerta de la vivienda, con lo que tampoco dejaba espacio para la nueva mujer.

Los dos mantenían sus lealtades con la pareja anterior. Ninguno había resuelto bien la pérdida. Una vez elaborado el duelo pudieron darse de verdad una oportunidad.

El mantenimiento de las lealtades a veces es reforzado por las familias de origen que muchas veces tampoco han elaborado el duelo, y la nueva pareja no es vista como igual de buena que la precedente. Se idealiza a las personas que ya no están, bien por muerte o por divorcio: desde ese lugar nada de lo que haga, sea o tenga la nueva relación será igual de valorado. Con el agravante de que esto sucede de una forma insidiosa, con pocas posibilidades de salir airoso para quien lo sufre.

Por ejemplo, la hermana del varón, integrante de una nueva pareja,  que comenta a la mujer “mi cuñada era muy buena persona, teníamos una relación excelente”. Por supuesto nadie puede protestar abiertamente ante tal comentario, cualquiera puede hacerlo. Pero contiene otros mensajes: “tú no eres mi cuñada, no sé si eres buena persona y nuestra relación no es excelente como con la otra mujer de mi hermano”. Independientemente de la relación que ella quiera seguir manteniendo con su anterior cuñada, la mención de este hecho a la nueva cuñada no aporta sino malestar y distancia.

A veces las lealtades se mantienen igualmente aunque los duelos estén elaborados y la lealtad no se  dé directamente con la pareja perdida sino con la representación de lo que fue, de la familia que crearon. En estos casos las lealtades se les demuestran a los hijos. Una de las formas frecuentes en las que aparecen estas lealtades son, por ejemplo, el no querer contraer nuevo matrimonio o tener muchas dudas a la hora de comunicárselo a los hijos. Como si el sentimiento que prevalece fuera “ninguna mujer o ni ningún hombre será tan importante como lo fue vuestra madre o vuestro padre” En la mayoría de los casos que he visto en esta situación hay todavía un gran sentimiento de culpa por la ruptura matrimonial, y suele ser el que tomó la decisión en su momento el que se mantiene más leal.

Existen conductas que revelan dónde están las lealtades: un ejemplo clásico es no decir a la pareja o parejas previas que tenemos una nueva relación. En estos casos la lealtad no está en la nueva unión sino en el deseo de no “ofender” a la  anterior pero a costa de la invisibilidad de la nueva.

Otras veces existe la necesidad, no siempre reconocida ni consciente, de comunicar que la relación actual no será nunca tan importante como las anteriores,  y suele hacerse hablando en exceso del pasado, manteniendo en demasía objetos y recuerdos, nombrar nuestras experiencias actuales tomando como referente las experiencias vividas en la pareja anterior y no en la presente.

Lo más usual es que el otro miembro trate de normalizar esta forma de comunicación tratando en encajarlo con deportividad, de entenderlo, de regularizarlo. Pero duele, duele porque  les desplaza. Como consecuencia de ese dolor la situación puede agravarse si los dos integrantes acaban haciendo lo mismo, dando así respuesta a esa incomodidad y buscando el equilibrio: “si tú hablas del pasado, yo también lo haré”. Es la forma que tenemos de sentirnos menos al margen. Estas conductas crean distancia, cada uno se va refugiando en su pasado y las oportunidades para la nueva pareja se reducen.

 Conductas que se pueden evitar

  • Hablar de la anterior pareja y contar detalles íntimos de sus comienzos, situaciones que fueron claves para su unión, por ejemplo, cuándo se conocieron, cómo y cuándo se pidieron en matrimonio, detalles sobre su boda y relación con la familia política, tanto para alabar estas situaciones como para referirnos a ellas de forma peyorativa.
  • Aprovechar conversaciones para introducir experiencias anteriores (viajes, celebraciones, costumbres…)
  • Defenderse atacando a la otra persona de exagerada o agobiante si expresa su malestar frente a estos hechos. Se puede hablar de todo, siempre en la justa medida y cuando haya motivos que lo apoyen razonablemente, con cuidado, consideración y  evitando comparaciones.
  • Utilizar el espacio de la casa común de la nueva pareja para conservar recuerdos y objetos.
  • Hablar en singular cuando se estén describiendo situaciones que se han vivido en pareja. Por ejemplo: “Fui de vacaciones a Roma” en lugar de “Fuimos de vacaciones a Roma”, esté o no la pareja presente en ese momento.

Todas estas situaciones se deberían evitar si queremos que la nueva pareja gane en confianza,  intimidad, y buen vínculo, de lo contrario la nueva pareja se aleja y se corre el riesgo de anular la complicidad que haya podido ir creándose convirtiéndose en una tarea que nunca acaba porque  la reciente pareja no puede gozar de la tranquilidad y la seguridad de tener un compañero/a con una base segura.

Si estas situaciones se alargan generan un sentimiento de poca solidez en la nueva pareja, aumentan los sentimientos de inseguridad y frustración por las expectativas creadas, producen estrés y mala calidad de vida que en muchos casos se mantiene por temor a un nuevo fracaso.

Las uniones posteriores a la “oficial y aprobada por todos” tienen los mismos derechos y deben ser reconocidas y ocupar el lugar que les corresponde. No deben ser una fuente de desvalorización y sufrimiento.

En la complejidad de estas nuevas relaciones se deben reconocer con respeto el lugar que han tenido todas las personas en la vida anterior de nuestras actuales parejas, sobre todo si hay hijos de aquellas, como los padres y las madres de estos, pero nunca en detrimento de la calidad y reconocimiento de los nuevos vínculos.

Conclusión

Cuando se desea formar una nueva pareja después de un divorcio o viudez  es conveniente tener en cuenta algunas consideraciones:

Las nuevas parejas nacen de la pérdida de otras personas o situaciones. Es importante que nuestros duelos estén elaborados para no volcar frustraciones en la nueva relación.

No entrar en la falta de valoración mutua al expresar nuestro deseo de emparejarnos. Si de verdad existe ese deseo, lo más sensato es expresarlo abiertamente y actuar en consecuencia. Si expresas valoración y respeto pero no sientes que es mutuo, no es lo que buscas o necesitas.

Las nuevas tecnologías ponen a nuestro alcancen nuevas formas de conocerse tan válidas como las tradicionales. La valoración, a veces ofensiva, que se hace de ellas no es coherente con el número de personas que las usan y las disfrutan. Algo bueno tendrán.

Los hijos deben ser priorizados y tenidos en cuenta de forma respetuosa. Si se consigue una buena relación con los hijos, la nueva pareja se verá beneficiada.

Teniendo en cuenta la vulnerabilidad de la pareja en general y la vulnerabilidad específica de las nuevas parejas, nos será muy útil preguntarnos dónde tenemos las lealtades, cuidar el lenguaje y no dar informaciones superfluas. Hacer saber que valoramos nuestra relación, al menos, en la misma medida que las anteriores. No puede haber parejas de “segunda categoría”.

Por último señalar que no se encuentran diferencias de género en las circunstancias que se describen este artículo. Todas pueden darse y de hecho se dan tanto por parte de mujeres como de hombres.

Toda la información con la que he contado para redactar este artículo ha sido extraída de los informes verbales de las personas con las que he tenido el placer de trabajar. Ha sido gracias a la colaboración y generosidad de ellos y ellas que hemos podido hilar las ideas que iban surgiendo en nuestro trabajo conjunto.

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