Tiempo necesario para el duelo | Violeta Mendoza Psicóloga
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Tiempo para el duelo

Tiempo para el duelo

Duelo, del latín “duellum”, forma arcaica de “bellum” aplicada en bajo latín al combate entre dos. Duelo, del latín tardío “dolus”.

Todos nos hemos encontrado en algún momento de nuestro ciclo vital en alguna situación en la que hemos tenido que afrontar una pérdida. En ese momento se desencadena un proceso interno que se denomina duelo. Por tanto, todos nos hemos encontrado inmersos en un doloroso combate entre nosotros mismos y las circunstancias que nos haya traído la vida.

Desde el punto de vista psíquico un duelo es un proceso adaptativo, psicológico y emocional que sucede tras una pérdida. Generalmente se asocia a la pérdida por muerte, pero también se desencadena un duelo tras un divorcio, tras la pérdida de un trabajo, después de una ruina económica, como consecuencia de un diagnóstico de enfermedad, tras una intervención quirúrgica -aunque ésta suponga una mejora en nuestra vida y/o en nuestra salud-, tras un cambio de casa o de ciudad o de país.

 

En el caso de un cambio de país merecería atención especial. El proceso de duelo de las personas inmigrantes o emigrantes, dependiendo del lugar donde nos coloquemos, tiene diferentes connotaciones y variables.

A lo largo de nuestra vida elaboramos algunos duelos y numerosos microduelos, (un cambio de casa, aceptar los cambios en nuestro cuerpo al crecer o envejecer, cambiar de lugar de trabajo o de colegio… estarían dentro de esta última categoría); Los microduelos suceden de una forma natural, sin apenas consecuencias destacables por la gran capacidad de adaptación que posee el ser humano. Si la persona tiende a la expresión de sus emociones y sentimientos y puede compartirlos, lo superará en poco tiempo.

Pero debemos distinguir entre duelos y microduelos, desafortunadamente en demasiadas ocasiones se confunden y nos encontramos queriendo acabar cuanto antes. No hay tiempo para el dolor, no hay tiempo para recuperarse. No somos conscientes que estas prisas no hacen sino empeorar las cosas. Fantaseamos con la idea de que perdiéndonos en la vorágine de la vida vamos a conseguir atravesar nuestro dolor antes. Otras veces, las personas que nos rodean y nos quieren nos “animan” a superar pronto nuestro pesar. Su intención no es otra que la de ayudarnos y vernos recuperados. Cuando nos sostienen y nos permiten expresar nuestro desconsuelo y darle el espacio y el tiempo adecuados, esa ayuda es infinitamente más eficaz.

Sabemos que un duelo consta de varias fases; negación, rabia, culpa, intento de negociación, depresión y por último la aceptación de la nueva situación que emerge.

La negación

Fotolia_109491672_XSEs un mecanismo de defensa psicológico frente a un suceso inesperado y por lo general doloroso, (la noticia de una muerte, de una enfermedad, de una infidelidad, de un despido laboral, un accidente….entre otros ejemplos) Todo nuestro organismo se dispone para “no creer” lo que está ocurriendo, cuestionamos la veracidad de las noticias, comprobamos una y otra vez la información recibida, pedimos aclaraciones, detalles… sin que nada llegue a convencernos.

Todo nuestro ser entra en una especie de conmoción que nos bloquea corporal y psicológicamente y nos incapacita temporalmente para razonar e incluso para sentir las emociones y por tanto la pena. Se trata de una acción protectora de nuestro cuerpo y nuestra mente. Si entráramos de forma directa en la aceptación de la realidad de lo que está ocurriendo, el dolor sería tan intenso que podría llegar a desestructurarnos física y emocionalmente creándonos un malestar mayor y como consecuencia mayores dificultades para superar el hecho de la pérdida. La negación es un “colchón” que nos acoge antes de que podamos mirar la realidad.

Ante una noticia inesperada lo habitual es que la negación se alargue poco tiempo, la crudeza de la realidad se impone pronto y deja poco lugar para más dudas, esto ocurre incluso antes de que nuestro inconsciente haya tenido tiempo de asumir lo ocurrido, por eso en ocasiones la negación se mantiene a través de sueños que encierran contenidos relativos a la realidad que era antes de que nada aconteciera.

En otras situaciones la negación se puede alargar durante bastante tiempo, pudiera ser el caso de las separaciones de parejas o de la aceptación de una enfermedad. Salvo excepciones, estas experiencias no suelen ser claras y absolutas desde el principio.

En el caso de las separaciones el impulso de dulcificar las cosas para que no duela en toda su extensión, confunde. Muchas veces tenemos delante pruebas evidentes de que la pareja se ha roto, pero preferimos no verlas, negarlas, buscamos justificaciones, se apela a la comprensión y se minimizan circunstancias. Muchas veces cuando se sale de la fase de negación y miramos atrás, nos asombramos ante aquella evidencia que no pudimos ver, pero en ese momento es real, en el momento en que está ocurriendo no se puede ver. Nuestra psiquis hace su trabajo y niega.

Como contrapartida cuando una negación se alarga, el resto de duelo suele ser más liviano porque en ese proceso de negación se alternan también la vivencia de las fases de los duelos, que, aunque con menor intensidad nos ayuda a ir transitándolo. Podemos decir que el duelo se elabora de una forma menos traumática.

Cuando se trata de aceptar un diagnóstico de enfermedad, el llegar a una conclusión final suele llevar tiempo, nos hacen prueba, nos aplican tratamientos, se confía en que las nuevas investigaciones puedan ayudarnos, nos dejamos aconsejar por diferentes opiniones.

Todo ello está dentro de lo que sería la fase de negación y puesto que la negación tiene una función defensiva y protectora sería una grave irresponsabilidad no dejarse guiar por ella y hacer todo lo necesario para recuperarse. Otra cuestión sería el caso de las personas que niegan de tal forma que no toman ningún tipo de decisión en cuanto a cómo abordar su diagnóstico, simplemente no hacen nada, “lo que no se nombra, no existe” (Francis George Steiner). Esta forma de negación solo “protege” del propio miedo y no por dejar de mirar o nombrar algo, va a dejar de existir.

En cualquier caso y en última instancia siempre debemos respetar las decisiones que cada persona tome con respecto a su vida y a su salud. Una persona que aparentemente esté en un fase de negación puede haber tomado una decisión interna con respecto a su situación frente a lo cual solo nos queda respetar y aceptar su voluntad.

La rabia

La emoción más complicada de aceptar y de vivir en un duelo. Aparece cuando Fotolia_82187457_XSla fase de negación va diluyéndose. Muchas veces se superponen y durante un tiempo vivimos alternativamente las dos -aunque esto ocurre con todas las fases del proceso de duelo- puede suceder incluso en un mismo día, podemos entrar en la rabia y luego en la negación y así sucesivamente durante el tiempo que nos cueste darnos cuenta de que la situación de pérdida no tiene vuelta atrás, que vamos a tener que aceptar y adaptarnos.

Cuando ya no podemos dejar de ver la realidad con todo su rigor y aspereza, emergen los sentimientos de rabia, de enfado, de ira. Nos cuesta entregarnos a estos sentimientos por varias razones, por un lado nos resulta extraño tenerlos, no asociamos una pérdida a sentimiento de enfado o rabia, por eso, a veces lo confundimos con dolor y lo expresamos en forma de tristeza y lloramos. Este llanto, no es un llanto productivo, no es sanador.

No pocas veces he oído preguntarse a bastantes personas “¿cómo puedo estar así todavía si ya he llorado mucho?” Cuando se llora así se están expresando rabia, es un llanto agitado, que nos convulsiona y que no nos calma, por eso tenemos la sensación de que seguimos igual a pesar de lo “mucho” que hemos llorado. Muchas personas dicen “es que yo no siento rabia”. No es una elección, no podemos hacer un duelo sin pasar por esta fase.

Por otra parte y debido a nuestra tradición cultural judeo cristiana, sentir rabia frente a una situación que, no solo no depende de nuestra voluntad, sino que en ocasiones es misteriosa y más grande que nosotros, nos hace temer un castigo por rebelarnos. Esto ocurre de una manera muy sutil, tiene que ver con nuestro inconsciente más atávico y nos ocurre seamos o no creyentes. Por tanto vamos a inclinarnos a cohibir y apaciguar estos sentimientos de ira, lo que nos dificulta el desarrollo saludable de la evolución de nuestro duelo.

Por último, sabemos que aceptar que tenemos estos sentimientos de enojo nos acerca más a la aceptación de la pérdida, sabemos que cuando los reconozcamos no vamos a poder seguir refugiándonos en la negación. Se trata de un punto de inflexión en el que por un lado deseamos seguir avanzando y dejar partir la circunstancia que nos ha situado en la experiencia de duelo y por otro todavía mantenemos cierta nostalgia de lo que fue, cualquiera que sea el caso. Cuando por fin conectamos y admitimos la rabia, se desvanece la nostalgia que da paso a un tipo de fuerza que nos capacita para seguir adelante.

Reconocidos estos sentimientos son dirigidos, según se trate de una situación u otra, hacia nuestra pareja si ha decidido poner fin a nuestra relación, hacia a Dios (según las creencias de cada uno) por permitir que perdamos nuestro trabajo o nuestro patrimonio, por consentir que perdamos a nuestros seres más queridos o que éstos enfermen, por dejar que nosotros mismos enfermemos. Cuando se trata de enfermedades o muerte los médicos son también el blanco de nuestros enfados sean o no justas nuestras quejas.

En muchas situaciones podemos sorprendernos dirigiendo nuestra rabia hacia el mundo, hacia otras personas con la pregunta oculta y por otra parte absolutamente humana de “¿Porqué me tiene que pasar a mí o a mi familia y no al resto del mundo? ¿Por qué no a esta o aquella persona?”

Otra veces, en el caso de pérdidas por defunción, se tiene un enfado con la persona fallecida, por habernos abandonado, por haberse ido. Dentro de la situación dolorosa de pérdida cualquiera de estos pensamiento y sentimientos están dentro de la normalidad de un proceso de duelo, pero internamente nos cuestionamos y nos juzgamos por ello, hallándonos siempre culpables.

La culpa

Fotolia_84028413_XSTambién tiene sus funciones. Por un lado amortiguar los sentimientos que nos hacen percibirnos como “malas personas” por haber tenido pensamientos o sentimientos hacia nuestros iguales que implican el deseo de que sean otros seres los afectados por la desgracia y no nosotros. La culpa es un sentimiento que expía y repara, que nos hace pagar y por ende nos tranquiliza. Paradójicamente al aceptar nuestra culpa nos sentimos menos culpables. Nos redimimos a nosotros mismos.

Nos adentramos en la culpa como una forma de resistirnos todavía a la aceptación de lo ocurrido. Comenzamos a hacernos preguntas sobre cuántas cosas pudimos haber hecho para evitar lo acontecido. ¿De qué forma pude haber evitado que mi mujer o mi marido dejara de estar atraída/o por nuestra relación? ¿Qué hice mal para no darme cuenta de que mi negocio se iba a la ruina? ¿Cómo pude no darme cuenta de la enfermedad que afectaba a mi ser querido? ¿Qué hice mal en mi vida que me llevó a enfermarme? Y un sinfín de preguntas que tienen como objetivo mantenernos en la ilusión de que podríamos haber hecho algo por impedir o prevenir los hechos que nos han transformado la vida en otra diferente de la que era hasta ese momento.

De alguna forma es una manera de intentar controlar lo que ya se nos fue de las manos. En efecto en algunas de las circunstancias o ejemplos que menciono, tal es el caso de una separación o una ruina económica, podrían quizás haberse tomado otras decisiones que tuvieran otras consecuencias más deseables.

Pero ni en todos los casos es aplicable este supuesto, ni es productivo o eficaz atormentarse por algo que ya no puede cambiarse, si bien es cierto, es ineludible vivir durante un periodo de tiempo haciéndonos estas preguntas y culpabilizándonos. Es parte del camino que nos llevará a la aceptación y de nuevo a la salud. Como mencionaba antes una de las funciones de la culpa es redimirnos.

La negociación

A veces se puede interpretar como negación, y de hecho tiene una función muy similar, amortiguar la realidad en toda su brusquedad, la diferencia es que aunque se ha aceptado la aciaga noticia, sea ésta cual fuere, no terminamos de tener claro que no vamos a poder cambiarla. Es entonces cuando nuestros esfuerzos van dirigidos a encontrar una fórmula por la que conseguir que, aunque la realidad no vuelva a ser exactamente como antes, se parezca lo más posible y evite el fatal desenlace.

Cuando se trata de pérdidas, por separación o divorcios, el intento de negociación va dirigido a la persona que ha decidido dar el paso y proponer la ruptura. La persona que tiene que asumir la nueva situación no escatimará ningún esfuerzo para intentar conseguir que la ruptura no se lleve a cabo.

Es un hecho que sucederá seamos o no conscientes de ello y tanto si la persona, objeto de nuestro afán, es sabedora de nuestra negociación como si no lo es. Se trata más bien de decisiones y diálogos internos, algunas veces se externalizan y tienen repercusiones en algunos cambios de conductas o hábitos. Por ejemplo, podemos decidir cambiar nuestro estilo de vestir, nuestros gustos musicales, incluso nuestra forma de pensar con respecto a algún asunto en concreto y que sea más coincidente con el de nuestra pareja (o ex pareja en este caso). De repente podemos sorprendernos atraídos por intereses, de cualquier índole, que no nos hubiéramos planteado nunca pero que sabemos que son del gusto de la o del que fue nuestro compañero y todo esto con el íntimo deseo de volver a ser atractivos para la persona que nos deja. En el fondo sabemos que no es más que otra forma de alargar todo lo posible el afrontamiento de la verdad.

Cuando hemos de enfrentarnos a pérdidas económicas puede ocurrir que en nuestro empeño por conservar nuestras propiedades o nuestros medios, nos enfrasquemos en préstamos con la esperanza de que estos nos remonten y lo que ocurre con bastante frecuencia, es que nos lleven finalmente a una situación más grave, pero es difícil asumir un fracaso de esta índole sin creer que “hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance” sin creer que “hemos negociado hasta el final”

En el caso de una pérdida por fallecimiento, la fase de negociación se dará antes de que se produzca la muerte siempre que sea una muerte prevista y una vez asumida la enfermedad. Somos capaces de negociar con Dios, con el más allá, con todo lo que suponga un poder superior y comprometernos a transformar completamente nuestra vida si a cambio nos conceden la gracia de permitir que nosotros mismos o nuestros seres queridos sigan con vida, aunque no sea en las mismas condiciones que antes del diagnóstico. Este recurso ocurre con más frecuencia en aquellas personas que poseen creencias religiosas, cualquiera que sea su naturaleza.

Hay otro tipo de negociación que se da precisamente cuando la realidad de una enfermedad no nos deja lugar a dudas, sabemos que nuestro ser querido va a morir y la negociación va dirigida entonces a que sea cuanto antes. Evitar el sufrimiento de nuestro familiar o persona querida se convierte en nuestra prioridad y a cambio de su alivio somos capaces de hacer promesas a nosotros mismos a Dios o a quien cada uno se encomiende en los momentos dolorosos de nuestra existencia.

Cuando se llega a este punto, la enfermedad y el sufrimiento han sido largos, se ha librado una lucha entre la vida y la muerte y finalmente nos rendimos ante la implacable realidad. Durante el transcurso de la enfermedad nos ha dado tiempo a pasar por casi todas la fases y contrariamente a lo que se puede pensar, en estos casos no surge la culpa, aparece una gran tristeza, consecuencia de la aceptación de la situación.


Depresión y aceptación
 tiempo para el duelo

Si juzgamos por los síntomas que presentamos en esta fase del duelo resulta paradójico decir que nos acercamos al final del proceso. Convencidos finalmente de que no podemos seguir negando, no podemos seguir enfadados, que sentirnos culpables pierde todo el sentido y que nuestros intentos de negociación tampoco van a tener ningún éxito, nos rendimos ante la evidencia de la nueva realidad. Al abandonar la lucha nos invaden sentimientos de apatía, dejadez y desidia. Algunas personas llegan a preocuparse por si acaso se han convertido en seres indiferentes e indolentes. No es el caso.

Una vez más, nuestro organismo, que es sabio, nos ayuda, nos prepara y nos guía para afrontar los sentimientos de tristeza, una tristeza profunda y genuina. Cuando por fin podemos expresar nuestra tristeza a través del llanto éste será un llanto hondo, saldrá de lo más recóndito de nosotros, será casi silencioso y resultará sanador, a diferencia de cuando lloramos en la fase de rabia o ira que es un llanto agitado y convulso, que no tranquiliza.

Así pues, nuestros sentimientos de apatía, desgana, dejadez o abandono darán paso a la expresión del dolor y verdadera tristeza por nuestra pérdida y nos trasladará al punto donde empezaremos a aceptar lo que haya sucedido. Finalmente, lo aceptamos y nos acabamos adaptando a nuestra nueva vida con los cambios sobrevenidos. Nuestra vida, nuestras relaciones, nuestros pensamientos y sentimientos se reestructuran para seguir adelante en la nueva etapa.

Todas estas fases descritas no se viven de manera lineal, si no que suceden unas cruzadas con otras. Durante un mismo día podemos experimentar rabia, culpa o descubrirnos en un intento negociación. Solo la depresión suele estar más delimitada, no en vano es síntoma del final de nuestro proceso de duelo.

Nuestro organismo requiere de un gran esfuerzo para atravesar todas estas etapas y llegar a aceptar que tiene que rendirse ante la vida y admitir que hemos sido vencidos en el combate, abriéndose así la única posibilidad de adaptación al cambio.

Este esfuerzo requiere tiempo, paciencia y comprensión, por fortuna, cada vez más personas conocemos los procesos psicológicos y nos interesamos por ellos, pero como todo lo que es trasformador en nuestra vida, no basta solo con saber cómo funciona sino que hace falta dejarlo funcionar.

Nuestros mayores, si bien no conocían con el detalle que nosotros las fases de los duelos, y aunque no tenían nombres para cada una de las etapas, sabían que había que dejar pasar el tiempo, respetaban “los plazos”, se apoyaban en sus ritos, en sus símbolos y en sus costumbres y esto les ayudaban a transitar el proceso de una forma menos exigente y traumática que como lo hacemos ahora. No les quitaba el dolor, pero lo dignificaban.

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Nuestras nuevas costumbres, nuestra nueva forma de vida nos apremia y nos niega el derecho a pararnos, a tomarnos ese tiempo para sanar. Si podemos recuperar, al menos algunas de las costumbres de nuestros mayores, que contienen la sabiduría de los que han estado más vinculados con la naturaleza y sus procesos y los sumamos a todo lo que hemos descubierto mediante la investigación y el estudio sobre el ser humano, en este caso concreto, sobre cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente ante una experiencia de pérdida, podemos encontrar un camino más humano y apropiado para afrontarla.

A mis padres.

4 Comentarios
  • Victoria Martínez Bernad
    Publicado a las 23:40h, 05 junio Responder

    Que interesante, me has ayudado mucho, gracias

    • Violeta Mendoza
      Publicado a las 17:50h, 06 junio Responder

      Me alegro que te haya sido útil. Gracias a ti!

  • Isabel Chicote
    Publicado a las 01:25h, 02 septiembre Responder

    Gracias.No por haber sufrido,no volvere a sufrir,gracias por ayudarme a entender a gestionar el dolor a perdonarme..

    • Violeta Mendoza
      Publicado a las 13:25h, 02 septiembre Responder

      Hola! Qué sorpresa verte por aquí!
      Gracias por tu comentario. El dolor y también el placer van y vienen, al entenderlos los gestionamos mejor. El dolor se atraviesa de una forma más saludable y el placer se disfruta mucho más.
      Un abrazo!

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